En septiembre de 1999, en el marco del 60 aniversario del Partido Acción Nacional, la revista etcétera (número 346)publicó el texto de Carlos Castillo Peraza que reproducimos a continuación, en el que el autor, tras más de un año de haber renunciado a su militancia partidista, reflexiona acerca de el modo en que concibe al partido en el que militó durante 31 años.

Más allá de coyunturas o tiempos electorales, y a la luz de nuestro presente, las definiciones y concepciones de Castillo Peraza del “deber ser” del PAN cobran una vigencia que resiste al paso de los años y aun hoy demuestra la claridad de un pensamiento que, congruente y sólido, pedía no sacrificar la esencia del Partido en aras de victorias electorales, no empeñar una herencia doctrinal a cambio de un triunfo esporádico, así como tampoco asumir la cultura partidista como moneda de cambio frente a la vorágine de lo pasajero.

 

Cómo entiendo al PAN
por Carlos Castillo Peraza

   Entiendo al Partido Acción Nacional como encarnación política, y en la política, de un conjunto de ideas, de expresiones y de normas que son anteriores y superiores al partido y a la política misma, es decir, como manifestación política y en la política de una cultura. Las representaciones, las expresiones y las normas que el PAN trata de poner en práctica en su vida como institución y, a través del respaldo del voto popular, tanto cuando actúa como oposición como cuando actúa en ejercicio del poder, existían antes de que fuese fundado el PAN y, en el caso de que el PAN desapareciera, seguirían existiendo.

    El pensamiento que está en las raíces de Acción Nacional, según lo entiendo, es el que ha sido llamado “humanista” y en ocasiones “humanista cristiano”. Su punto de partida se encuentra en una concepción del hombre como ser simultáneamente material, espiritual y social, con requerimientos específicos para desarrollar tan plenamente como sea posible esas tres dimensiones. Los seres humanos son cuerpo, inteligencia, voluntad, afectividad, socialidad; son libres; son sujetos de Derecho independientemente de que se les reconozcan formalmente derechos; son responsables de sus actos; son titulares de una dignidad anterior y superior al Estado que no les otorga, sino les reconoce y está obligado a protegerle derechos que se conocen como “derechos humanos” y constan en lo que suele nombrarse “constitución” o ley suprema de una comunidad organizada. La actividad política, en consecuencia, debe estar orientada de tal manera que los seres humanos puedan organizarse racional y libremente para darse normas e instituciones obligatorias para todos –incluidos el Estado y el gobierno–. Estimo que, palabras más, palabras menos, es éste el núcleo de ideas, el centro doctrinal, el meollo cultural del PAN.

    De lo anterior se sigue la idea de bien común, central entre las que el PAN afirma como inspiradoras y propias. Se trata del conjunto de leyes y de instituciones definidas y realizadas en común para conseguir el desarrollo integral de las personas: el de su cuerpo, el de su inteligencia, el de su voluntad, el de su socialidad. Cuando tales leyes e instituciones existen y funcionan adecuadamente, el resultado de su existencia y su operación se llama justicia social.

   El PAN no nació en contra de la revolución mexicana, como lo prueban la vida y las obras del más importante de sus fundadores, Manuel Gómez Morin. Acción Nacional hizo suyos los valores de ese movimiento social, los incorporó en su cultura y criticó y se opuso a las ideas y a las prácticas llamadas “revolucionarias” que negaban de palabra o de obra la dignidad, la libertad, los derechos fundamentales y la responsabilidad de las personas, así como las que destruían la socialidad porque entregaban al Estado potestades excesivas, lo identificaban con el gobierno o lo convertían en instrumento de partido. Es desde esta perspectiva que se entienden la llamada terquedad democrática de Acción Nacional, la llamada oposición leal que ha ejercido y su esfuerzo de sesenta años en favor del Estado de derecho, del equilibrio entre poderes estatales independientes, de la limpieza de los procesos electorales para garantizar legitimidad de origen a la autoridad política, del diálogo como instrumento de acción partidista y de gobierno, y de la puesta del interés nacional por encima de todo interés parcial o de grupo –incluido el interés panista–.

   Todo esto, durante doce lustros, ha hecho del PAN un grupo humano identificable, distinto y distinguible, con identidad y perfil propios, originalidad en sus propuestas y nacido no por impulso del Estado, del gobierno o del PRI, sino de la sociedad y, en especial, de los miembros de ésta que deciden ejercer la virtud de la ciudadanía o, si se quiere, de practicar el civismo, independientemente de que esta práctica produzca resultados electorales positivos, e incluso a pesar de que se vea obstaculizada y hasta reprimida por autoridades despóticas e ilegítimas tanto por su origen no democrático, como por su ejercicio antidemocrático del poder público.

   De la cultura que el PAN expresa o trata de expresar en política y en la política, se sigue su compromiso con la libertad sindical, con el respeto a las leyes, con la historia y la identidad de la nación mexicana, con la democracia, con la justicia y con el conjunto de libertades concretas que dan cuerpo a la libertad humana. De ahí mismo surge su clara distinción en relación con otros grupos sociales y políticos cuyas ideas y prácticas son contrarias a las notas de tal cultura, para los cuales el buen éxito electoral es la única prueba de  racionalidad y  razonabilidad. Acción Nacional, como yo lo entiendo, no cree que la victoria electoral sea prueba de que se tiene razón, sino, por el contrario, ha vivido y lucha para que la razón y la razonabilidad cuenten con los instrumentos necesarios y suficientes para vencer electoralmente. No pretende imponer a nadie, y menos por vía de ley, coacción o fuerza, sus ideas, sino colaborar con la construcción de un marco legal e institucional en el que quienes tengan ideas o profesen convicciones distintas, puedan discutirlas, competir por la preferencia de los ciudadanos y llegar a conclusiones comunes sin que nadie corra riesgo de perder la vida, la libertad o los bienes materiales o culturales propios.

    El PAN considera que su cultura no es toda la cultura nacional, sino uno de los elementos del gran mosaico plural de ésta. Por esto respeta a los diferentes y exige respeto para sí. Por eso mismo no renuncia a su propio ser: sin éste, la pluralidad nacional se vería empobrecida y reducida a un gran singular. En la medida que Acción Nacional sea él mismo y, en política, apueste por él mismo, fortalece y enriquece a la nación y a la pluralidad, aporta criterios que amplían la noción de justicia y pueden hacer mejores las leyes y las instituciones que promueven una vida mejor y más digna para los mexicanos, ofrece a los electores una opción, es decir, el camino concreto para elegir entre dos o más alternativas de sistema de gobierno.

   Durante medio siglo, el PAN, impedido por la cultura y la práctica del fraude electoral derivado de una concepción excluyente y casi totalitaria de la política, convertida en violación sistemática e impune de las leyes electorales, se fue identificando como “la oposición”, en la misma medida que el PRI se identificaba con “el poder”. Por esta lamentable ruta, el uno y el otro olvidaron que un partido político no puede ni debe identificarse con la una ni con el otro, sino competir honesta y legalmente por los votos y ejercer aquélla o aquél según lo decidan los electores. No es de la esencia de un partido ser “la oposición” ni ser “el poder”. Por eso el PAN, cuando empezó a ganar elecciones, atravesó por un período en  que lo atribuló y confundió el hecho de dejar de ser la oposición. Análogamente, el PRI, cuando comenzó a perder en las urnas, se inquietó porque dejaba de ser el poder. Si este cambio todavía en curso condujera al PAN a pensar que su esencia es el poder y a actuar en consecuencia, Acción Nacional podría “electoralizarse” hasta el olvido de que su esencia verdadera es luchar –desde la oposición o desde el poder– por la aceptación de más y más personas, de la cultura que expresa en política. Y no es que se proponga que el PAN renuncie a buscar seria y eficientemente el poder, sino señalar que, si se busca éste sin parar mientes en los medios que utiliza para conseguirlo, puede negar en los hechos la cultura propia. Un triunfo así obtenido sería un suicidio histórico. Sería como confundir la anécdota con la historia, la coyuntura con la estructura, la escaramuza con la batalla, el medio con el fin, el instrumento con el producto. Y no hay verdadera victoria electoral sin victoria cultural. Sobre todo si, con tal de conseguir el poder, se niega con los actos la cultura propia. El partido que en la práctica muestra que no cree ni confía en las propias ideas, ni respeta su propia historia, acaba por darle la razón y el poder a las ideas ajenas, por mentirse a sí mismo y engañar al elector. Lo que puede ser satisfactorio y hasta estético, pero no es ético y, finalmente, ni siquiera político, al menos en el sentido de político que hicieron suyo y heredaron a sus sucesores los fundadores y promotores del PAN.

   Una cosa es votar junto con otros partidos en favor de iniciativas que, desde el punto de vista de la cultura panista, sirven al bien común temporal de los mexicanos. Así lo ha hecho el PAN durante toda su historia y con partidos que no comparten esa cultura. Otra muy distinta es aliarse disolviéndose culturalmente en un conjunto con tal de obtener el poder, porque de este modo el PAN deja de proponer al elector lo suyo, lo priva de su propia alternativa y lo deja sin opción, sobre todo si se piensa que, en la actualidad, los eventuales aliados son fruto cultural y político del priismo. Una alianza de esta naturaleza deja a los electores ante un callejón sin salida: no importa por quién vote, votará por la cultura política del PRI. Esto no es “sacar al PRI de Los Pinos”.

    Si por un lado está la alternativa del PRI que mantiene el viejo nombre aunque ya no es totalmente lo que fue, y por el otro está el PRI con el nombre modificado pero con notas que son las del PRI de ayer o incluso las del PRI relativamente cambiado, el votante habrá de escoger entre el PRI y el PRI, lo que no es elegir libremente, sino someterse a una fatalidad: la victoria electoral de la cultura priista. Lo que significaría la más grande derrota para el PAN: la de su cultura.