El 15 de mayo pasado se cumplió un año de la muerte del escritor mexicano Carlos Fuentes, representante de lo mejor de la literatura de nuestro país en la segunda mitad del siglo XX.

Presentamos a nuestros lectores une entrevista que Carlos Castillo Peraza realizara al autor de Aura y La región más transparente principios del año 2000, y que fuera publicada en La Revista Peninsular en la que ambos personajes pasan del arte, a la historia, a la literatura, a la filosofía o a la vida pública de México con la facilidad de quien sostiene una charla que no sólo demuestra conocimiento sino, además, la inteligencia del que más allá de numerar citas, hechos o fechas es capaz de incorporar el bagaje cultural a un discurso articulado, enriquecedor, y convertir esa herencia de pasado en una proyección al futuro.

“El corporativismo debe acabar”: Carlos Fuentes 

Nos dio la cita en la cafetería del Hospital Inglés, en la capital de la República. Iba allí a visitar a su madre, doña Berta Macías viuda de Fuentes, recién intervenida quirúrgicamente, razonablemente sana y fuerte a sus 91 años de edad. Llevaba pantalones vaqueros, camisa blanca y suéter oscuro, como los lentes. Ágil y erguido, Carlos Fuentes no aparenta ni con mucho sus 71 noviembres cumplidos. Los veinte minutos que duró la conversación parecieron segundos.

Denis Dailleux / Agence VuCarlos Castillo Peraza.- Escribiste que el monasterio español de El Escorial es una “novela en piedra”. ¿Has encontrado en Yucatán novelas en piedra como la que hallaste en España, o las piedras para hacer una novela como Terra Nostra?

 Carlos Fuentes.- Sí. Yo creo que las piedras hablan. Voy a hacer una distinción entre el arte azteca, que es un arte que aleja al hombre porque es sagrado y en consecuencia inhumano, y el arte maya que tiene una dimensión humana que nos permite aproximarnos. Esto se debe al claro conflicto entre su aspecto horizontal humano y su aspecto vertical, selvático y profundo, como se nos muestra en Chichén Itzá o en Palenque. A partir de estas tensiones entre la geografía, la naturaleza y los hombres, se puede escribir una novela.  El arte azteca aleja. Nos dice “no me toques, soy sagrado; no me parezco a nada, soy la Coatlicue”... No tenemos nada qué ver.

 C.C.P.-  La cultura, el arte maya ¿no tiene Coatlicues horribles, ajenas, distantes, intangibles...?

 C.F.- No tiene Coatlicues. Tiene tiempo. El arte maya es un gran arte del tiempo. Una cultura que logró contabilizar 25 mil millones de días de su pasado, es una cultura que sabía muy bien lo que era el tiempo.

 C.C.P.-   Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán nos hicieron las novelas que cuentan lo que fue la revolución mexicana en tanto que épica y gesta, sus dramas, sus triunfos, sus crueldades y sus presagios. Luego Juan Rulfo nos dijo en Pedro Páramo y El llano en llamas la tragedia de los campesinos oprimidos por el suelo y por el cielo que reclaman a los que “no nos dieron la tierra que nos prometieron y que nosotros nunca pedimos”. Con Rulfo empieza de algún modo la novela de la decepción por la revolución. Luego viene Carlos Fuentes. ¿Cómo continúa Carlos Fuentes la novela de la revolución?

C.F.- La novela no puede dejar de ser crítica. No hay novelas celebratorias, salvo aquellas pagadas como la que Cela escribió para Marcos Pérez Jiménez, el dictador de Venezuela. Azuela es pesimista. Los de abajo es una novela profundamente pesimista que aparece en 1915 y ya contiene una crítica muy fuerte a la revolución. La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, es una novela terriblemente pesimista sobre el ejercicio del poder y la política en México. Lo que acabas de decir de Rulfo es cierto. La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente, mías, son asimismo novelas críticas del proceso revolucionario y de la posrevolución, de sus desviaciones. Yo ya pude hablar de la posrevolución, sencillamente por un accidente de calendario: nací en 1928, el año en que mataron a Obregón...

C.C.P.- Eres un hombre que nace un año antes de que naciera el PRI y que, como el PRI, vive todavía en el 2000. No vas a ser eterno tú. ¿Puede ser eterno el PRI?

 C.F.- Yo creo en los milagros. Creo que todo se puede mejorar y renovar. Ya no es lo mismo. No es lo mismo el PRI reinando en solitario, que haciéndolo junto con dos partidos importantes que le disputan el poder y gobiernan más del 50 por ciento de la población. El problema, tocayo, es la falta de cultura democrática...

C.C.P.- ¿En qué consiste?

C.F.- Es algo que afecta a todos los partidos y a todos los ciudadanos. Lo acabamos de ver en el episodio de la UNAM. ¡Cuánto nos falta para crear una cultura de la legalidad, del respeto a los otros, de prácticas democráticas! No la tenemos... 

C.C.P.- ¿Tiene algo que ver con esa cultura democrática el afán de cada grupo social que quiere constituirse y ser tratado como excepción frente a la ley?

C.F.- Nada. Esa pretensión tiene que ver con la cultura corporativa. Somos un país que parece inventado por Max Weber. Seguimos asociados con la política de la revolución y con la política de Lázaro Cárdenas, quien creó –para salvar al país del cacicazgo y del caudillismo– el Estado corporativo en el que seguimos viviendo. Aprendimos a ver el mundo desde el punto de vista corporativo, de los intereses de las corporaciones. Y esto tiene que acabar. Tenemos que ser un país de ciudadanos, de organizaciones que no dependen del Estado ni de los intereses “casillables”: el del empresariado, el del sindicato... 

C.C.P.- Estás en Mérida. ¿Qué significa esta ciudad, orgullosa Capital Americana de la Cultura por un año, o modesta reina por un día, para Carlos Fuentes?

C.F.- Mérida es una parte de mi patria, una parte de mi país, una parte de América Latina. Es también una parte del Caribe, de ese punto de encuentro de las corrientes culturales que van y vienen desde el Mediterráneo hasta este mar Caribe. Mérida es un receptor y un emisor. Envía desde el Caribe la cultura mexicana al Mediterráneo, y recibe la cultura del Mediterráneo en el Caribe mexicano. Esto tiene que ver con la cultura y las diferencias culturales, tal como yo las entiendo: como encuentro y no como aislamiento, como ampliación de horizontes.

 C.C.P.- El sur de México, Carlos, parece ser la región mexicana menos moderna en todos sentidos. ¿Cómo incorporarla al progreso cultural, social, económico y político de que ya gozan otras regiones del país?

C.F.- Creo que mientras persistan los rezagos y la pobreza que caracterizan a este segundo México, será muy difícil que florezca una cultura democrática moderna. Esto nos deja fracturados como país, en dos Méxicos. Es lo que los brasileños llaman “Belindia” –mezcla de Bélgica y la India–... Pero ¿por cuánto tiempo pueden coexistir Bélgica e India? Tenemos un norte del país que mal que bien se está desarrollando, se relaciona con los Estados Unidos, crea empleos y permite abrigar esperanzas. Tenemos un sur que padece estancamientos que sólo pueden superarse mediante cambios políticos, sociales y culturales que le den  base a una sociedad moderna que no sacrifique su tradición. Yo pienso en una modernidad con tradición. Pero en tanto persistan sociedades sometidas a injusticias y caciquismos locales tan brutales, a oligarquías y ejércitos privados y matones sostenidos por el PRI, explotadoras del indígena y que, además, desperdician enormes riquezas naturales –como las de Chiapas–, esa democracia moderna es muy difícil que se pueda dar.

C.C.P.- Eres el orador inaugural de una serie de mexicanos famosos que hablarán este año en Mérida...

C.F.- Me siento muy honrado. Me he preparado con esmero y cuidado para estar a la altura de este honor que los meridanos me hacen y, según creo, tú tienes mucho que ver con él... Me he esforzado en prepararme para subir a la cima de la pirámide yucateca y desde allí ver la enorme riqueza de nuestras tradiciones y su vigencia. A veces, para hablar del otro lado de la moneda del atraso, nos topamos con una modernidad apresurada que olvida el pasado, que olvida la tradición y que por esto constantemente fracasa: porque se siente recién nacida, dueña de toda la sabiduría; en realidad,  tiene un concepto del siglo XVIII, como de Voltaire: el mundo empieza con nosotros y todo el pasado es barbarie. Esto no es cierto...

Lo que yo quiero decir en Mérida es que la verdadera modernidad se sostiene y sustenta en la tradición.

C.C.P.- Has escrito que el pasado hay que imaginarlo y el futuro hay que recordarlo. Me parece que el pasado de que hablas no es tan imaginario, sino muy real...

C.F.- Real, sí, pero que hay que imaginar. No es un pasado mostrenco. Es un pasado que, si no es objeto de nuestra imaginación,  se nos vuelve pasado muerto. Esto los novelistas lo sabemos muy bien. No nos limitamos a los datos estadísticos de la llamada realidad. El novelista imagina una realidad del pasado para hacerla presente. El futuro lo recordamos porque ya se presentó en el pasado, donde están contenidos los gérmenes del futuro. No hay que hacer un gran esfuerzo para saber que lo que podemos ser es lo que ya hemos sido, pero también lo que hemos soñado, lo que hemos deseado. El deseo es un factor del pasado que nos permite adivinar el futuro.

C.C.P.- Siento muy agustiniana tu visión del tiempo. San Agustín decía que el instante actual es presente de pasados, presente de presentes y presente de futuros... Actualizamos los pasados dignos de ser imitados, imaginamos los futuros que merecen ser soñados...

C.F.- Coincidiría bastante con esa visión, que es también la de uno de los cuartetos de Elliot. Todo es presente. En el presente soñamos, en el presente imaginamos, en el presente deseamos, en el presente recordamos...

 C.C.P.- Los fundadores de tradiciones no miraron hacia atrás...

C.F.- Es una brillante paradoja... Tienen que mirar hacia adelante pero, aunque no lo quieran, vienen cargando el pasado. Y hay que tener cuidado con los proyectos “futurizables”: cuando se sienten autosuficientes, capaces de hacer promesas de felicidad y progreso inevitables –como los de Condorcet en el siglo XVIII, o los de Comte, que luego fueron los del XX–, ya sabemos en qué terminan: en la ceguera. En eso que decía Gide: “No creer en el demonio es darle todas las oportunidades”. Al siglo XX, fue lo que le sucedió: creyó en las promesas del progreso y la felicidad inevitables hechas en el XVIII, y acabamos en Auschwitz. Hoy, con la desaparición del enemigo totalitario comunista, el mundo capitalista se siente autorizado a monopolizar la promesa del futuro, la idea de la felicidad y la de los medios para alcanzarlos. Esto podría conducirnos al capitalismo autoritario como el que vemos en China...

 C.C.P.- ¿Al leninismo de mercado?

C.F.- Sí.

C.C.P.-  Carlos, ¿dónde está el diablo ahora que lo necesitamos?

C.F.- Está sobre todo en nuestra incapacidad para reconocer al otro. Para mí, esto es lo diabólico: encerrarse en uno mismo y no reconocer la existencia de los demás. Sartre decía que “el infierno son los otros”. Yo creo que es al revés:  los otros son el cielo. Los otros son el único paraíso que tenemos.