El Posible Complemento:

la televisión corroe, o vivifica la democracia

Carlos Castillo Peraza


Conferencia sutentada por el autor en la

Universidad Iberoamericana (UIA), el 8 de septiembre de 1999.

Tal vez el modo más sencillo de abordar el problema que me ha sido planteado, es decir, el de las relaciones entre la ética y la televisión, consista en evitar las terminologías, los códigos específicos de aquella disciplina y de este medio de información, y referirme a ambos y a sus vínculos en el lenguaje llano, común, del ciudadano promedio que, por un lado, sabe que hay actos buenos y actos malos y, por otro, es un espectador habitual de programas de noticias, de deportes, de comentarios o de entretenimiento en sus diversos géneros, así como de anuncios que son fuente de ingresos para la televisión en su calidad de negocio legítimo.

La perspectiva del hombre o de la mujer estándar lleva a éstos a formular postulados éticos elementales como son al menos algunos de los que elenca el decálogo mosaico: no matarás, no hurtarás, no mentirás, no levantarás falsos testimonios, no codiciarás los bienes ajenos, honrarás a tus padres. Podrían añadirse a éstos algunos más como el de comportarse con los demás como uno quisiera que los demás se condujeran con uno o, por la negativa, aquel muy conocido de “no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”, o el universalmente aceptado, tan general y por eso tan vacío, pero tan comprensible, de que “el bien debe hacerse y el mal debe evitarse”.

Agregaría, en el mismo ámbito de elementalidad, que las reflexiones actuales acerca de la democracia como sistema de gobierno, es decir, como organización racional de libertades con base en una ley legítimamente aprobada, insisten cada vez más en que sin hábitos de comportamiento generalizados y consolidados, orientados por aquellos postulados primarios y originarios que señalé antes, el funcionamiento de la democracia se deteriora, puede dificultarse gravemente y hasta volverse imposible, víctima de la mala fe, la corrupción y la delincuencia organizada.

Las transiciones a la democracia, tanto en la antes llamada Europa Oriental como en América Latina, tienden a identificar ese sistema con un par de elementos. El primero consiste en afirmar que no hay valores éticos absolutos y que sólo puede afirmarse como éticamente obligatorio para todos lo que decida -aquí y ahora, para aquí y para ahora- la mayoría. Esto lleva a eliminar o, al menos, a soslayar la importancia de una ética pública que pueda erigirse en salvaguardia de derechos universales, es decir, derechos humanos, y en fundamento del respeto debido a las minorías.

Además, la democracia ha ido identificándose con la atribución al sector público de las acciones de solidaridad e incluso con la capacidad concreta de compasión o de caridad, lo que conduce a una verdadera hipertrofia en la reivindicación de derechos y a la consecuente difuminación de la conciencia de los deberes, obligaciones o responsabilidades.

A pesar de todo lo anterior, las sociedades, nuestra sociedad mexicana misma, subsisten. Opino que logran subsistir gracias a que hay personas y grupos de personas que hacen suyos los axiomas éticos elementales, los convierten en modo habitual de sus procederes y no dependen, para decidir acerca de sus comportamientos, del premio o castigo determinado por las leyes escritas ni de las iniciativas impulsadas o sugeridas por el sector público. A esas personas, a esos grupos de personas, solemos llamarlos “buenos”, en ese misterioso pero claro sentido de la palabra “bueno” al que hace referencia el poeta. Son aquellos que nunca o muy rara vez se ven obligados a acudir a tribunales para asuntos de su vida personal, familiar, social y económica, para los cuales la ley es un último recurso frente a situaciones accidentales o a acciones de personas que no son “buenas” y abusan de la previsibilidad del buen comportamiento de los “buenos” o a necesidad de dar consistencia a decisiones que requieren permanencia en el tiempo y cuidado futuro por sus efectos.

La bondad personal y la solidaridad social, felizmente, resisten los peores acosos y subsisten en las circunstancias más adversas, aunque esa resistencia y subsistencia exijan, en condiciones extremas, comportamientos heroicos más bien excepcionales. Maximiliano Kolbe, en el Auschwitz de los nazis, o las personas y las familias descritas por Vassili Grossman en su obra Vida y Destino en la que se ocupa de la existencia bajo regímenes totalitarios comunistas, así lo prueban. También lo demuestran quienes, en una ciudad como la que habitamos, no dan mordida, pagan sus impuestos, respetan las señales de tránsito o dedican buena parte de su tiempo a actividades caritativas o altruistas y que, si bien no se ven obligadas a arriesgar la vida como el sacerdote polaco prisionero o los ciudadanos rusos sometidos al terror de Estado, sí se complican enormemente la vida, pasan por tontos o pagan hasta por los que no lo hacen.

Es aquí donde, a mi juicio, cabe una reflexión acerca de los medios de información en general y en torno de la televisión en particular. Y es que, mirándolos o escuchándolos -o mirándolos y escuchándolos- descubrimos que la inmensa mayoría de lo que entregan a la vista y al oído gira alrededor de la crítica y hasta de la denostación a tales comportamientos “buenos” e incluso llega al extremo de premiar, preferir y divulgar los contrarios.

Un perspicaz dramaturgo español, Alejandro Rodríguez Álvarez, a quien se conoció por el seudónimo de Alejandro Casona, fallecido hace casi 35 años, escribió alguna vez un artículo ingenioso y lleno de humor en defensa del pecado, aduciendo que sin éste no habría literatura, ni siquiera bíblica. No sé si podríamos extender su argumentación hasta afirmar que sin asesinatos, engaños, robos y despojos casi no habría información publicada. Por lo que vemos y oímos, parecería que así es. El acatamiento a las leyes y el cumplimiento de los deberes no son noticia digna de primeras planas ni de tiempos “Triple A”. La violación de las normas y la exigencia de los derechos, sí que lo es. Hoy como quizá nunca, al hombre “bueno”, común, se le exige no sólo hacer el bien sin mirar a quién, sino hacerlo sin que lo mire nadie, sin que lo oiga nadie, sin que lo aplauda nadie. No se le da la oportunidad de convertirse en ejemplo o en modelo. La nota “de ocho” es para la estirpe de los “mocha-orejas” y para sus métodos de maldad. El método de los “buenos” no tiene gran, a veces ni pequeña, difusión. La exigencia de derechos tiene pantalla a su disposición; el cumplimiento de los deberes, no. Y las dos cosas suceden a diario, son hechos reales. Y debe dárseles, opino, tanta relevancia y considerarse tan dignos de difusión los unos como los otros, si someter al bien a censura alguna, cuantimenos por razones de rating. Unos, los “malos”, corroen a la democracia al demoler sus cimientos éticos. Los otros la vivifican al darle el piso de buena fe, virtudes personales, solidaridad social y civismo que le es imprescindible.

Podría argüirse que la exhibición pública de los comportamientos contrarios a los postulados éticos elementales generará temor o vergüenza y logrará la disminución en número y barbarie de tales conductas. No corroboran esta hipótesis las estadísticas conocidas. Parecería, por el contrario, que los medios de información en general, y la televisión en particular, convierten cada día en más difíciles, menos gratificantes, menos atractivos y menos premiados los actos que, al menos de labios para afuera, solemos calificar como “buenos” y considerar deseables.

Opinamos que es “bueno” decir la verdad, que lo es respetar la vida y los bienes de los demás, que asimismo lo es cumplir la palabra dada, acatar lo que la ley manda, velar por los mayores, ocuparse de los pobres, enseñar al que no sabe, atender a los enfermos, alimentar a los hambrientos y compadecerse de los que sufren. Todos los días, afortunadamente, son todavía muchos los que, como decía Alfonso Caso, “acometen actos de caridad”. Esas personas y esos actos constituyen la base, la savia, el punto de partida, el resguardo y la salvación del régimen democrático, por imperfecto que éste sea, en la medida que son actos de libertad cuya repetición genera esos “hábitos del corazón”, ese tejido de responsabilidades asumidas sin coacción externa, esa urdimbre de deberes que da razón y justificación a los derechos. Sin aquéllos no hay sistema racional de libertades, no hay democracia sino formalidades impuestas por coacción, secas, vacías, maquinales. ¿Cuántas líneas ágata, cuántos minutos de transmisión se le da al meollo, al nervio de la democracia y del Estado de derecho en los días que corren?

No he querido referirme más que a la escasa difusión que se da al bien. Habría podido dedicar algunas líneas a criticar, con razón, el sensacionalismo, la difamación, la calumnia, el rumor, la utilización de verbos tan inexactos como pendencieros en la transmisión de las noticias, el engaño, el abuso de muestreos insuficientes, la intromisión en la vida privada, la mezcla de hechos con juicios de valor, la presentación parcial de los acontecimientos, la simplificación, el sometimiento a los imperativos de un rating creado por los mismos medios, la generalización de hechos particulares, la destrucción del idioma que empobrece y debilita a la nación, la difusión privilegiada de las actitudes que retrasan o impiden los acuerdos sociales y políticos, y otros defectos descritos muy bien, y denunciados justificadamente, por especialistas preocupados y ocupados con el estudio de los medios, de la televisión y de su necesaria subordinación a criterios de superación humana para sus públicos y, a través de éstos, de la comunidad entera.

Pero, en esta ocasión, sólo he querido señalar cuán poca atención se le presta a lo que, informadores y consumidores, no sólo decimos que es “bueno” sino que pensamos necesario para que nuestra incipiente democracia funcione e incluso para que no vaya a naufragar, víctima de sí misma. El mejor de los sistemas políticos imaginable, el más legítimo y más justo, el más libre y más generoso no exime de hacer el bien a las personas ni de practicar la solidaridad a los grupos sociales ni podrá operar sin esos bienes y aquellos “buenos”. No hay nada en el entendimiento que no provenga de los sentidos: ¿cómo llegaremos a la conclusión racional de que son necesarios los comportamientos “buenos” si poco o nada los vemos o los oímos? ¿No se requiere el apoyo de medios tan poderosos como la televisión para comenzar con la percepción sensible, personal y social, de lo bueno el proceso de deliberación que nos conduzca a optar por realizarlo tanto personal como socialmente?

Ha sido y es legítimo haber dado una larga batalla por las libertades y, entre éstas, por las de expresarse, de informar y de publicar. Es parte esencial de la lucha por la democracia. Tal vez ha llegado el tiempo de completar la tarea -sin presiones, sin censuras, sin coacciones externas de especie alguna, pues para la difusión del bien no hay coacción legal imaginable- con el compromiso mínimo de dar a conocer y de exigir que se haga visible el bien primario, común y cotidiano, de estimular el cumplimiento del deber y de premiar con presencia en los medios los comportamientos responsables imprescindibles para la democracia, el Estado de derecho y el ejercicio ordenado de la libertad.

Etcétera 348, 30 de septiembre de 1999.