Foro de Gobernabilidad y Desarrollo Humano Sostenible en Puebla, septiembre 2 de 1998

Conferencia Magistral: La injusticia en México, freno para el proceso democrático y para el desarrollo humano.


 Agradezco mucho la invitación de los organizadores de éste evento, en especial del señor Alcalde de Puebla, magnífico amigo Gabriel Hinojosa y agradezco también la presencia de tantos y tan queridos amigos no sólo de Puebla sino de todo el país en esta ocasión.

A pesar de que el título de la conferencia según se anunció aquí es la Injusticia social en México, mi texto más bien se refiere a las relaciones que hay entre la justicia social y la gobernabilidad.

Desde hace poco más de 20 años y desde perspectivas muy diversas comenzó a plantearse el problema de la gobernabilidad. Al parecer quién primero lo abordó fue Samuel Huntington en un documento que este famoso profesor de Harvard elaboró en 1975. El texto se refería al riesgo de que los regímenes democráticos se salieran de orden y control en virtud de los posibles y hasta previsibles excesos en que podrían incurrir algunos de los cada vez más numerosos y autónomos actores políticos en el seno de tales regímenes. A partir de entonces el término gobernabilidad ha ido siendo usado cada vez más, lo que felizmente ha ido permitiendo precisar mejor su significado.

Quienes han dedicado tiempo y esfuerzo reflexivo a explorar la realidad a la que esa palabra se refiere nos han entregado numerosos estudios muy interesantes, incluso apasionantes, llenos de precisiones, acotamientos, matices, hipótesis y tesis de diversa índole. Me parece que es obvio afirmar que para quien hasta hace poco se ocupó de actividades políticas directas e intensas ha sido imposible revisar la intensísima bibliografía relativa al tema, sobre todo si ustedes toman en cuenta comprensivamente que quien le habla tiene como campo de estudio, de afición y por tanto de lectura el de la historia de la filosofía Griega y Medieval.

De suerte que para aportar algo en ésta materia, que generosamente me encargaron los organizadores de este foro, acudiré sobre todo a mi experiencia como dirigente de un partido político que ha participado en la generación de los cambios que ahora vivimos, experimentamos y tratamos de expandir y acelerar los mexicanos. Precisado lo anterior no dudo en afirmar por principio de cuentas que lo que ha sucedido en la vida política mexicana durante los 50 años más recientes y en especial durante los 10 últimos años de ese lapso, permite asegurar a quien quiera ser realista que México se encuentra en una genuina transición.

En efecto, los hechos que permiten verificar ésta afirmación se encuentran a la vista: a partir de 1988 los cambios en leyes e instituciones han modificado las bases constitucionales del Estado Mexicano. A partir de entonces los conflictos postelectorales, a pesar de algunos rebrotes lamentables, han ido dejando de ser marca sistemática de los comicios locales y federales. Hoy, a sólo nueve años de la primera victoria reconocida electoralmente a un partido de oposición en un estado de la República -Baja California-, autoridades municipales y estatales electas bajo emblemas que no sólo es el PRI gobiernan a casi la mitad de los mexicanos y en el Congreso de la Unión el PRI no cuenta con mayoría de diputados federales.

 Así mismo, a partir de 1982, el Estado ha ido paulatinamente abandonando la actividad económica directa cuyo control llegó a tener casi por completo a raíz de la nacionalización de la banca. Hay además, un ejercicio mucho más amplio aunque a veces poco responsable de la libertad de informar y una participación más decidida de los ciudadanos en la vida social y política, en marcos legales mucho más justos y equitativos que antes y con obstáculos prácticos menores que hace pocos años. Podemos decir entonces, que si bien este tránsito aun no llega a un grado razonable de fluidez y estabilidad y por tanto, no hay garantía absoluta contra frenos e incluso retrocesos parciales, el pasado del que venimos y del cual muchos luchamos por salir y el futuro hacia el que  también muchos deseamos encaminar al país se mezclan en el presente que protagonizamos como actores, como beneficiarios e incluso a veces como víctimas. Nuestro hoy tiene horas en las que nos sentimos ya en el mañana y también horas en las que nos sentimos en el ayer, así es la historia y en ella así son precisa y especialmente los tiempos de transición.

No le parecerá extraña esta mezcla a quien conozca por ejemplo la filosofía de la historia de San Agustín, este filósofo, teólogo e incluso literato afrocristiano que pensó el final de la Roma imperial en su ciudad y diócesis Hipona cercada por los vándalos, estaba seguro de que el tiempo es una sucesión de instantes en los que se reúnen y se anudad el presente de los presentes, el presente de los pasados y el presente de los futuros. Esta visión tiene como punto de partida las tres facultades que según el propio pensador son las propias del hombre: la atención que está referida al presente, la memoria que está vinculada con el pasado y la previsión que se relaciona con el futuro.

Cómo gobernar y ser gobernados en el presente sin tirar por la borda lo bueno del pasado y sin impedir que surja el futuro, qué es preciso que gobernantes y gobernados hagamos del presente o salvemos del presente para que el futuro deseable sea posible y probable. Qué relación debe darse entre gobernantes y gobernados para que un país sea gobernable. He aquí a mi juicio las preguntas relativas al tema de la gobernabilidad, entendida esta como la suma de razonable capacidad de mando con política y disciplina democrática con que debe contar una sociedad si no quiere ser paralizada, alterada, agitada o incluso convulsionada por aquellos de sus actores que dotados de algún poder o alguna fuerza pretendieran someterla a sus designios ideológicos o a alguno o a algunos de sus intereses. Partidos políticos, gobierno, fuerzas armadas, iglesias, poder económico, capital financiero, organizaciones sociales y medios de información son algunos de los más importantes entre estos actores, coordinarlos parece cada día más difícil, sobre todo en países como el nuestro donde la real ampliación de los ámbitos democráticos se da al mismo tiempo que se encogen las posibilidades económicas.

Rodrigo Borja, ex presidente de Ecuador, describe esta contradictoria situación en los términos siguientes: “América Latina vive en la dramática paradoja de que nunca tantos países tuvieron gobiernos elegidos libremente por sus pueblos pero nunca tampoco sus regímenes afrontaron tantos y tan arduos problemas de orden económico y social, soportan actualmente graves desajustes macroeconómicos, demandas sociales acumuladas a lo largo del tiempo que hoy hacen explosión, pobreza extrema en amplios sectores de la población, violencia, narcotráfico, injusticia en el comercio exterior, deuda externa desproporcionadamente grande para sus capacidades de pago y otros desequilibrios bien conocidos”.

 

Para entender mejor esta situación compleja que describe Rodrigo Borja acudiré a dos autores aparentemente irrelacionables: uno el griego clásico Aristóteles y otro el anarquista francés Pierre Joseph Proudon.

 

En su Metafísica Aristóteles enseña que todos los seres sujetos a cambio de algún modo permanecen siendo ello mismos al mismo tiempo que se modifican, es decir, no desaparecen y vuelven a surgir momento tras momento, se encuentran pues como regidos por dos fuerzas: una fuerza que los mantiene siendo y otra que los impele a cambiar. A la fuerza que los hace permanecer en el ser la llama energía y la que los mueve la llama dinámica. Un ser sigue siendo lo que esencialmente es gracias a la energía que lo mantiene unido que es fuerza de cohesión y un ser, el mismo ser, cambia gracias a la dinámica que es la fuerza de transformación.

Por su lado Proudon nos dice que la justicia es la causa de unidad de la sociedad y que la libertad a su vez es la causa del avance, del progreso, del cambio social. La justicia permite a un grupo social mantenerse en armonía con el mismo, la libertad permite al mismo grupo tomar las decisiones que lo conduzcan a su propio mejoramiento, para este autor la justicia es una fuerza que aumenta la dignidad, la seguridad y la felicidad del hombre y asegura al mismo tiempo el orden social contra las incursiones del egoísmo, es más, la justicia, para Proudon es una especie de fe política necesaria para la formación de un Estado ya que su existencia confiere al poder Estatal la adhesión y el respeto de los ciudadanos, hace a estos respetuosos los unos de los otros y confiere hacia la sociedad, a su Estado y su gobierno estabilidad y cohesión. Para Proudon si a la sociedad o en la sociedad falta la justicia los ciudadanos librados al arbitrio de sus individualismos no podrían, independientemente de lo que hicieran, constituir algo más que un agregado de existencias incoherentes y repulsivas que se dispersaría como polvo al primer vendaval. Sin embargo esta fe, esta fe política que dice Proudon es la justicia resultaría insuficiente, quedaría incompleta e incluso devendría peligrosa para la sociedad si en el sociedad faltase la libertad, gracias a la libertad y al respeto de esta, añade el autor, se evita que el trabajo o el combate contra exacerbación del yo – en esto consiste la justicia, trabajar contra la exacerbación del yo egoísta – conduzca a la humillación de la persona y además con la libertad si impide la divinización de cualquier sistema económico o político, es decir, gracias a la libertad se desfataliza la historia.

En síntesis, la justicia es fuerza de cohesión y unidad, diría Aristóteles es la energía de un grupo social y la liberta, por su parte es, en terminología de Aristóteles la dinámica de la misma sociedad. La pura justicia es centrípeta, centralista y finalmente conservadora. La libertad sin justicia, por su parte, sería centrífuga, disolvente y suicida. El equilibrio persona/sociedad será, en consecuencia fruto de la justicia y de la libertad.

La justicia tiene que ver con el presente como superación del pasado en lo que el pasado contiene de defectuoso, la libertad tiene que ver con el futuro como superación del presente en lo que este tiene de fallido. La justicia y la libertad son los elementos centrales de cualquier gobernabilidad en la medida que la primera garantiza la unidad y la cohesión sociales necesarias para que la sociedad no se disuelva y se violente y la segunda –la libertad– asegura contra la conversión del presente en un ídolo contra los intentos de hacer, de cualquier sistema económico, político, social o filosófico el fin de la historia.

 

Las transiciones políticas son normalmente concebidas como avances en el camino de la libertad por mejoramiento de las leyes, las instituciones, las prácticas y la cultura democráticas que conduzca a estadios cada vez más perfectos de organización racional de las libertades con base en una norma y en una legitimidad de tipo, precisamente democrático, por este camino avanza en general el mundo y en el mundo nuestra América Latina y en nuestro continente nuestro México. Lo señalábamos al principio, añadíamos a este respecto las reflexiones del ex presidente ecuatoriano válidas para su país y para muchos otros, incluido el nuestro.

 

En efecto, la transición política hacia la democracia, exitosa en casi todo el continente, con excepción de Cuba, se ha venido dando se ha venido dando al mismo tiempo que el fenómeno conocido como Globalización, este como se sabe, consiste en una serie de hechos técnicos y económicos que tiene sus manifestaciones más evidentes en el flujo de los capitales a velocidad casi de la luz, en la simultaneidad planetaria de las informaciones, en el daño constante y omnipresente al medio ambiente, en el ilegal tráfico de drogas y de armas a lo largo y ancho del planeta, en la llamada deslocalización de las empresas que buscan los países con los salarios más bajos y en síntesis con la internacionalización e interdependencia de las economías nacionales, en el marco de un globo que tiende a ser una sola unidad económica y un solo mercado financiero, comercial, bursátil y monetario que opera las 24 horas del día.

 

Junto con este fenómeno impresionante facilitado e incluso acelerado por las modernas tecnologías, hijo de la libertad humana, no se ha producido el contrapeso de la justicia. El resultado de este desequilibrio entre energía y dinámica es la reducción de millones de seres humanos a algo peor que marginados; a prescindibles. El precio de las materias primas y de todo lo necesario para transformarlas está globalizado pero no está globalizado el salario, las fronteras son inexistentes para capitales, monedas, tecnologías y organización empresarial pero existen para las leyes que introduzcan la obligación generalizada de la justicia. Esta –la justicia- y su causa eficiente que es el derecho no se han globalizado aún, no lo ha hecho tampoco la política que entendida y practicada democráticamente es necesariamente más lenta que los demás fenómenos aquí enunciados pero se hace aun más parsimoniosa por la miopía, las más de las veces interesada, de sus profesionales y de sus burocracias. De éste modo, olvidado el principio y el fin de la economía y la política que es el hombre mismo nos encontramos ante y en un globo: una realidad geométrica, física, científica, comercial, financiera y hasta cartográfica pero no nos encontramos en un mundo, es decir, en un espacio cuyo centro debe ser la persona humana con su dignidad.

Recordemos la historia de estas palabras: quienes trataron de mostrar que la tierra era un globo al toparse en su camino marítimo con territorios habitados por seres humanos no dijeron que habían encontrado el nuevo globo sino el nuevo mundo, es decir, mundo se usó para el lugar habitado por los hombres. Sin tomar en cuenta el ámbito de lo humano y las exigencias étnicas que plantea fundamentalmente de justicia podrá haber globo pero no habrá mundo y en eso estamos. En una globalización centrifugada por la libertad sin justicia, es decir, sin centro, en fuga del centro. En sociedades divididas y cada vez más enfrentadas por las diferencias económicas y sociales que crecen y que, sin cohesión social, sin energía, sin justicia se pueden volver ingobernables o sólo sometibles por la fuerza.

 

El drama consiste hoy en que esto hace que deje de verse la democracia como deseable en virtud de que ésta, globalizada pero en parcelas nacionales no está produciendo el bien común, los bienes públicos mundiales generales. La justicia social internacional es por tanto una gran urgencia de gobernabilidad. La mundialización del globo es imprescindible: leyes, instituciones, autoridades mundiales son hoy los desafíos para la humanidad, para las naciones y para libertad misma que se destruye a sí misma si no hay justicia. Podrá opinarse que lo que sugiero aquí un gobierno mundial y podrá sostenerse que sugerir esto es una utopía, admitiría ambas cosas: la primera, la sugerencia de un gobierno mundial sí la hago, inspirado en la noción de imperio mundial que sostuvieron los teóricos españoles del Siglo de Oro en Salamanca, quienes propusieron y demostraron que tal imperio no podía ser el de una nación ni el de un emperador sino el imperio de un derecho. Con esto dejaría claro que no pretendo nada de lo que hoy se conoce como imperialismo, es el imperio del derecho al que debe estar, como decía Vitoria, sometido incluso el emperador y la sugiero, así mismo, como modo inspirado en los conceptos y convicciones federalistas enunciados primeramente por Hamilton, por Madison y Yale. En cuanto a lo segundo de que esto es una utopía, me parece que puede calificarse la propuesta de utópica por su lejanía previsible en el tiempo pero estimo que pueden y deben irse dando pasos hacia ese futuro. Esto quiere decir: elaborar leyes y crear instituciones que pongan cause y límites a los flujos anárquicos de capital, que establezcan bases sólidas, viables y justas para evitar desastres monetarios, que fijen un salario mínimo mundial obligatorio e impidan el trabajo virtualmente esclavo de los niños, que permitan combatir la producción, elaboración y comercialización de armas y de drogas, que frenen el deterioro del medio ambiente y la destrucción de los recursos no renovables. Paso a paso, tema por tema puede ir edificándose el nuevo derecho, la nueva política global que nos vaya ayudando a construir el mundo. No ignoro las dificultades de estos intentos, ni la urgencia en cuanto se pueden lograr de construir consensos nacionales que fortalezcan la unidad, la cohesión, la energía nacional y con esto la armonía y por tanto la gobernabilidad mexicana.

 

Partiré para desarrollar este punto de una afirmación que me parece axiomática: a nadie le interesará ser gobernado si ser gobernado equivale a encontrarse en una situación peor de la que ocasionaría la ausencia de gobierno. Ser gobernado tiene que equivaler a encontrarse mejor de lo que se está sin gobierno, sino no puede seducir a nadie ser gobernado, ser gobernado democráticamente tiene que producir para el ciudadano mejores resultados que ser gobernado de modo antidemocrático, sino no va a ser atractiva la democracia. De lo contrario no habría estímulos reales para comprometerse, arriesgarse, jugársela o sacrificarse en favor de una gobernabilidad democrática.

 

Daré algunos ejemplos muy mexicanos. Para que en México haya esa dosis de justicia que contribuye a la gobernabilidad tiene que ser más útil, más conveniente y más provechoso acatar la ley que no acatarla. Tiene que ser más ventajoso pagar impuestos que evadir impuestos, tiene que estar menos penalizado pagar los salarios debidos que no pagarlos, tiene que ser menos riesgoso y mejor retribuido cubrir los adeudos que no cubrirlos, tiene que ser mejor pagado respetar la propiedad ajena que invadirla. De lo contrario habrá más incentivos para preferir no ser gobernado que para ser gobernable, para burlarse de la ley y chantajear a la autoridad que para acatar la ley y respetar a la autoridad y aquí amigas, amigos, es preciso decir que en nuestro país el estímulo o mejor dicho el sistema entero de los incentivos juega a favor de la ingobernabilidad. La expansión y la redituabilidad incesantes de las culturas y procedimientos del pase automático o del no pago, de la informalidad económica, de la quiebra fraudulenta, de la violencia y la clandestinidad en política y los de la delincuencia pura y simple son factores adversos a la gobernabilidad en la medida que muestran todos los días con un eco deplorable en ciertos medios de información que es más productivo violar la ley y actuar como si el estado, el gobierno, la sociedad y los demás no existieran que hacerlo en la legalidad y el acatamiento a las autoridades. Es impresionante y socialmente demoledor descubrir que el causante cautivo es tratado por la autoridad como delincuente que ha de probar su inocencia en tanto que el evasor goza la presunción no sólo de ser inocente sino hasta de ser víctima de una pobreza a la que es preciso auxiliar. De suerte que si se quiere favorecer el apetito del orden, el apetito de la ley, el apetito del gobierno es preciso que la sumisión a las normas sea más conveniente que el ultraje.

Por otra parte la incipiente fuerza adquirida en nuestro país por partidos distintos del PRI y que tiene su expresión más notable y posiblemente más transformadora en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión debe mostrar con hechos la deseabilidad de la democracia y del equilibrio de los poderes del estado. Si la mayoría que ahí opera no produce con rapidez las leyes y las instituciones que ayuden a resolver los grandes problemas económicos, financieros, de seguridad pública y de ordenamiento de la incipiente democracia misma, será la democracia misma la que acabe deteriorada incluso al grado de ser rechazada o al grado de aceptar su guillotinamiento o su merma. En este sentido son clave para la gobernabilidad los consensos entre partidos y el impulso a tales acuerdos por parte de los medios de información porque si es más redituable política e informativamente el desacuerdo será más difícil y menos deseable el acuerdo que la querella hasta que el enfrentamiento improductivo convoque al autoritarismo en nombre de la eficiencia, los pueblos parecen haber tomado conciencia de que las clases políticas, en nombre de la justicia no tienen derecho a preferir ser tratadas como chivos expiatorios con tal de que se les permita no perder el monopolio del discurso político relativo al problema de la justicia. Por eso algunos pueblos ceden a autoritarismos que antes les parecían intolerables y lamentablemente no son pocos los ejemplos de éste retroceso en la historia.

 

Desde mi punto de vista los mexicanos sólo podemos convertirnos en ingobernables si comenzamos a pensar que es mejor no tener gobierno que sí tenerlo o que tenerlo débil, ineficaz, corrupto o negligente que es equivalente a no tenerlo. Dicho de otro modo: la ingobernabilidad podría surgir si culturalmente prevaleciera la idea o la convicción de que para que haya justicia es preferible no tener gobierno que sí tener gobierno.

 

En México han llamado la atención algunos hechos recientes y algunas actitudes de moda en el mundo de las grandes finanzas. Por ejemplo, hace algún tiempo descubrimos que si en los Estados Unidos se prevé un crecimiento futuro del empleo se desploma la bolsa norteamericana. La actitud interesante a este respecto es que el capital internacional le exija a países como México: uno, carecer completamente de normas para el ingreso y salida de los capitales, eso que se llama desregulación y al mismo tiempo le exige garantizar un alto grado de previsibilidad en materia económica… no se puede precisamente porque esto es contradictorio; si se quiere que no haya normas no se puede querer que se pueda prever porque precisamente la existencia de la norma permitiría una previsión.

En el primer asunto crece la convicción de que nuestro gobierno será incapaz de propiciar el crecimiento del empleo pues se le ve inmerso en un proceso mundial del cual no tiene ni puede tener control y sobre el cual carece de influencia e incluso de responsabilidad imputable. En el segundo se ve atrapado en esa contradicción: si no legisla pierde capacidad de programar, de prever y por lo tanto de gobernar, lo que traería como consecuencia lo que se quiere evitar: la salida del capital. Si por el contrario legisla permite prever pero ahuyenta a los inversionistas que no quieren prever. Si en uno y en el otro caso la autoridad no puede orientar la vida económica de modo que haya perspectivas creíbles de desarrollo humano justo el ciudadano comenzará a pensar que no es necesario ser gobernado y que no vale la pena la política en su sentido humanista. Esto puede acabar con toda concepción favorable a la política particularmente en la mente de quienes son los más numerosos: los pobres.

A esta posible tendencia habría que añadir un factor más: en ciertos círculos del país no deja de reiterarse que nuestra democracia incipiente y tímida es la que produce la inestabilidad y que podría generar la ingobernabilidad, la idea subyacente es que México no es democratizable ni debe ser democratizable porque la democracia pone en riesgo de ingobernabilidad al país entero, es obvio que eso equivaldría a decir que deben seguir en el poder o regresar a él quienes han estado ahí desde la segunda década de este siglo, lamentablemente ciertas actitudes desmesuradas o radicalistas de la oposición y cierta improductividad legislativa de la mayoría opositora en la Cámara apoya tal tendencia de opinión.

Además quisiera explorar en esta ocasión un ángulo del asunto de la gobernabilidad y la justicia que me parece digno de ser analizado. Tiene que ver con lo que expresé párrafos arriba, es decir con la capacidad de la autoridad para propiciar o garantizar condiciones materiales de vida digna, es decir justicia social, para la comunidad que encabeza. Por deformación de aficionado a la filosofía tiendo a pensar las realidades a mi alcance en el marco de algunas categorías como las de materia y forma. Un viejo y fructífero principio que la metafísica establece es que la forma surge de la potencia de la materia, para explicarnos en términos no filosóficos y sí comprensibles; quiere decir que la forma de un ser surge de lo que permite la materia de lo cual está hecho, significa que con un kilo de talco no se puede hacer una manzana, la materia talco no da para la forma manzana, significa que con una tonelada de manzanas no se puede hacer una estatua de mármol, la materia manzana no da para hacer estatuas de mármol. Visto esto podemos plantearnos de diferentes maneras una pregunta vinculada al uso de la palabra gobernable: ¿Cuál es la materia de lo que pensamos que hay que gobernar?, ¿Qué es lo que pretendemos que sea gobernable?, ¿A qué materia le queremos dar forma de gobernada?, ¿Qué es lo que pensamos que debe poder ser gobernable? Y no hay duda, lo gobernable somos seres humanos y nada más, personas, personas sociables por naturaleza que vivimos en sociedad, seres inteligentes y libres titulares de derechos y sujetos a obligaciones. No es preciso repetir aquí todas las notas del ser humano, pero sí vale la pena preguntarse si el modo en que los seres humanos son afectados por lo que su gobierno tiene que aceptar que suceda en el país donde viven los mueve a desear, a querer o a buscar ser gobernados y por lo tanto ser gobernables.

Philipe de Gan, un político francés, en un libro que se llama “esperando el empleo” estudia el problema de la destrucción del empleo en Francia, explica como los hombres de hoy nos encontramos sometidos a los efectos de tres revoluciones simultaneas, una: la internacionalización de la economía cuyo resultado principal es el traslado masivo de plantas industriales hacia países con salario bajo y normalmente sujetos a regímenes autoritarios, el dinero que genera esta estabilidad socioeconómica no democrática no favorece procesos de democratización, hace dos años la inversión de los Estados Unidos en China era casi 120 veces más que en Rusia y en Rusia había un incipiente proceso de democratización, el dinero no busca la democracia busca la estabilidad y eso no hay que olvidarlo. Una segunda revolución es tecnológica en el ámbito de las telecomunicaciones, hoy día se puede producir un libro empezando a capturarlo en Barcelona, a las ocho horas siguiendo la captura en México, a las 16 horas en Filipinas y a las 24 imprimiéndolo en Tailandia y mandando por avión al país en que se empezó el proceso. Lo más determinante de estos avances es que permiten movilizar electrónicamente grandes masas de dinero entre mercados financiero diversos en tiempos reales. La tercera revolución es algo de lo que en este momento está siendo víctima nuestro propio país: la autonomía que adquirido el mundo de la finanzas ante el mundo de la producción. Las bolsas hacen lo que quieren independientemente de la producción y ya había alertado Greenspan hace unos meses que esto no podía seguir así. Este proceso pasa hoy por una crisis que convoca a su urgente regulación internacional en términos de justicia.

No está de más señalar que para ninguna de estas tres revoluciones hay hasta el momento un solo cause legal ni una sola disposición de autoridad mundialmente aprobada y lo que genera son marginados o prescindibles en nuestro país. Tampoco se cuenta hoy con reglas para asuntos monetarios, no ha sido posible diseñar el sustituto para aquellos viejos acuerdos de Bretonwoods. El resultado de estas tres revoluciones es la generación de millones de víctimas, de pobres, de marginados, de prescindibles en todo el mundo. Mucho más en países como México donde una y otra vez vemos naufragar nuestros esfuerzos materiales y vamos perdiendo la capacidad de sacrificarnos en nombre de un futuro que nunca llega. Esto nos convierte en “presentistas” y en consecuencia en poco gobernables en la medida que gobernar es prever el futuro, es trazar, es dibujar.

El problema se agrava cuando nos damos cuenta de que el mejor gobierno nacional imaginable poco puede hacer solo frente a estas revoluciones en curso. Es gobernable, en consecuencia, esta materia -estos seres humanos- a la que ya se le enseño que no vale la pena apostar por el futuro. Puede haber gobernabilidad e incluso puede haber política si se pierde la capacidad de convencer a las personas de que el bien general por venir obliga a aceptar sacrificios individuales en el presente. Parecería que hoy nos dicen millones de seres humanos y de mexicanos: estamos hartos de realidades macroeconómicas, exigimos una promesa microeconómica.

 

Por otra parte si los cambios políticos favorables a la democracia y la democracia misma culminan en gobiernos y políticas públicas que permanecen o dejan permanecer la injusticia social haciendo pagar la factura de los ajustes a los mimos que pagaron la factura de los efectos de los regímenes autoritarios ¿quién va a querer correr el riesgo de hacer el trabajo por la democracia? O peor, sino hay esta justicia ¿quién considerará razonable luchar o haber luchado por tener un gobierno democrático?¿quién considerará valiosa la política y deseable la autoridad? ¿quién querrá ser gobernado y por tanto podrá ser gobernado? Mi temor en la actualidad es que lo que pasa en el mundo sin control alguno esté privando a los seres humanos, en especial los que habitamos las partes menos afortunadas del planeta, de las condiciones para pensar que es bueno ser gobernado democráticamente. Tal vez también porque muchos mexicanos una y otra vez nos hemos visto constreñidos a pensar que no tenemos porvenir y a dudar razonablemente de nuestro propio futuro, por eso también nos volvemos menos gobernables.

El fenómeno es cultural y comienza a expresarse en hechos, especialmente en manifestaciones contra la política y contra los políticos, esto no debe dejarnos insensibles porque cuando falta la política lo que aparece es la guerra, primero la guerra de palabras y luego la otra, la de los hechos. La guerra es la ingobernabilidad por antonomasia, sea verbal o la otra, se sabe cuándo empieza pero no cuándo va a terminar, no admite previsión y por lo tanto no tiene gobierno. En este sentido, una vez más, la justicia social es el principal obstáculo para la ingobernabilidad.

Gracias