Javier Sicilia


El anuncio de la muerte de Carlos Castillo Peraza me llegó como un relámpago, como la misma muerte debió haberlo sorprendido aquella madrugada en Bonn. Yo, a diferencia suya, no estaba solo; me encontraba conversando con tres poetas en la intimidad de una mesa, cobijados por el misterio de la amistad y de la poesía. Pero cuando Fernández Granados, creyendo que yo estaba enterado, trajo a la conversación su muerte, un relámpago me fulminó y repentinamente me sentí solo, como si la soledad de su muerte se hubiese empozado en mi alma, porque aquel hombre apasionado, que gustaba de la amistad y de la conversación íntimas, que amaba a sus hijos y a su patria, con quien tenía una cita a su regreso para hablar de nuestras cosas —de Dios, de la literatura, de la política—, había muerto joven y solo, desamparadamente solo, lejos de la amistad y de la familia, lejos de su mundo, sin un sacerdote a su lado, solo, inmensamente solo, de cara al Misterio, como murió su Señor, al que amó y del que se nutrió su vida.

No tuvimos tiempo de despedirnos, de decirnos adiós, de tomarnos la mano para rezar juntos y acompañarlo hasta el umbral de Dios. Recordé las palabras con las que siempre solía despedirse de mí: “Javier, reza mucho por mí, reza mucho”. Salí de aquella reunión, recé el rosario y me puse a llorar como nos ponemos a llorar todos de cara a la muerte.

Lo conocí durante la candidatura de Clouthier a la Presidencia de la República. Un grupo de amigos habíamos publicado un número de la revista Casa del Tiempo sobre la no-violencia gandhiana y habíamos acompañado a Luis H. Álvarez en su largo ayuno por la defensa del voto en Chihuahua. La directiva panista nos invitó a conversar con ellos y nos abrió las puertas del partido. El diálogo fue profundo, sabroso, pero nos separaban los métodos. Nosotros no creíamos en la lucha partidista. Al terminar la reunión, Carlos, con quien había discutido, como se solía discutir con él, con pasión, con inteligencia, a veces con rispidez, me tomó del brazo y me invitó a escribir mis críticas sobre el panismo en la revista Palabra. Lo hice. Desde entonces nos hicimos amigos. Nos oponía su lucha partidista y mi anarquismo evangélico y gandhiano, pero nos unía nuestra catolicidad, nuestro gusto por Mounier, Maritain (de quien me regaló la obra completa), Charles Journet, por el pensamiento católico francés, el personalismo cristiano, la literatura, y nuestro amor por el prójimo y la defensa de la dignidad y de la libertad.

Mayor que yo diez años, siempre me apoyó. Seguía mis escritos, como yo los suyos, y cada mes tenía en mi teléfono una llamada suya preguntándome cómo estaba, si se me ofrecía algo. A pesar de nuestras diferencias cada año tenía seis suscripciones (una para él; las otras como regalos a amigos) a la revista Ixtus. Las últimas me llegaron con una pequeña nota que hablaba de su oposición, de su independencia, pero de su cariño y de su apoyo: “Te mando seis suscripciones. No siempre estoy de acuerdo con mucho de lo que dicen, pero me caen muy bien. Además opino que no hay que respetar los Acuerdos de San Andrés”.

Aún en los momentos más difíciles, como en el período de su candidatura al Gobierno de la Ciudad de México que le absorbía todo el tiempo, siempre tuvo un espacio para mí. Entonces, en la intimidad de un restaurante, nos sentábamos a conversar. Yo, que nunca estuve de acuerdo con su candidatura (siempre creí que su condición de intelectual y de ideólogo lo amputaban para la lucha en la arena electoral) le criticaba su excesivo anticardenismo, su actitud con la prensa y sus desafíos hacia la izquierda. Él me rebatía. Tenía razón contra la imbecilidad política, pero se equivocaba en los métodos. Carlos, formado en la mejor tradición política, despreciaba el populismo, la búsqueda del poder por el poder, el caudillismo y se presentó ante el electorado con su sola verdad política. Nadie lo comprendió. En un México acostumbrado al juego de la ilusión, de las promesas gratuitas, de los exabruptos con tintes de pugilato, las críticas realistas de Carlos y sus maneras brutales de expresarlas fueron entendidas como gestos autoritarios. Los medios, que viven de la estupidez del sensacionalismo, nos presentaron al hombre abrupto, colérico, nunca nos dejaron ver los planteamientos de su política; nunca nos permitieron ver el realismo del ideólogo. Construyeron un cromañón político, como durante las elecciones en donde Cárdenas disputó contra Zedillo y Diego, construyeron a un Cárdenas tonto.

El ideólogo refinado, dialogante, negociador, que al interior del PAN logró mantener vivos los ideales éticos y, con su táctica de conquistar el centro por la periferia, desbrozó el camino para que el panismo conquistara por fin la Presidencia de la República (aún falta escribir la historia de cuánto contribuyó Carlos Castillo Peraza a la vida democrática que ahora comenzamos a vivir), se convirtió en la arena electoral, en un político sin futuro.

Su fracaso, sin embargo, fue su triunfo. Alejado de la vida partidista, asumido como un intelectual, libre de los compromisos que crea la militancia partidaria, Carlos comenzó a becar muchachos, a sostener un pequeño orfanatorio y a desplegar una agudeza intelectual muy importante para mantener dentro de los límites la tentación que habita a todo Estado: la desmesura del autoritarismo y el intervencionismo sin límites en los ámbitos de la política, que fue el fundamento de sus críticas al PRI y al PRD.

Como analista político en Proceso, El Universal y Primer plano; como asesor político de algunas compañías y de algunos ámbitos de la vida política, Carlos buscaba influir en la construcción de un Estado basado en el principio de subsidiaridad esbozado por Pío XI en Cuadragésimo anno y desarrollado por Juan XXIII en Mater et Magistra. Dicho principio sostiene que un Estado sólo tiene legitimidad si hace más libres y autónomas a las personas que componen la sociedad.

Para Carlos, como para la visión de la Iglesia, la fuerza del Estado debe situarse en relación con los organismos más pequeños que componen la vida política de la sociedad para ayudarlos a crecer sin sustituirlos, para permitir que cada uno tome sus propias iniciativas.

Me lo dijo la última vez que conversamos. Esa tarde yo le oponía a su actividad la necesidad de desarrollar los ámbitos de comunidad. El se irguió detrás del escritorio y me dijo: “¿Crees que no te leo, que no leo a tus amigos? Por supuesto que lo hago y me gusta lo que proponen. Pero yo trabajo para crear un Estado que permita que esos ámbitos de comunidad vivan, para hacerlos posibles, para que ustedes tengan su sitio”.

Detrás de sus palabras pedía escuchar la voz del católico Gastón Fessard: “La autoridad tiene como fin su propio fin”, es decir, su desaparición, pero para ello, en un país como México, hay que hacer que esa autoridad exista primero y luego haga posible su desaparición. De ahí la simpatía que Carlos tenía por los anarquistas.

Esa misma tarde le pedí que se dedicara más a la filosofía política. Me dijo que no, que era sólo un periodista.

Me conmovió, sin embargo, saber que lo hacía en secreto. Su libro, Volverás, que le dedica a Carlos Castillo López, su hijo mayor, y del que Proceso 1246 publicó algunos fragmentos, así lo muestran. Volverás es la expresión del escritor y del filósofo que había en él; una novela que al mismo tiempo es un hermoso tratado de ética y de filosofía; un escrito de alta literatura en el que nuestra modernidad es leída desde la sabiduría de la tradición que la funda, una hermosa lección de vida y de ética política. La espero con ansias.

Después de leer esos fragmentos, sentí más su muerte. Carlos ya no estaba aquí; ya nadie, como sólo él lo hubiera podido hacer, limitaría las tentaciones de desmesura que hay en el pragmatismo del grupo que llegó al poder; ya nadie podría denunciar, con conciencia de causa, la ideología de Mercado que lo habita y que se encubre bajo el rostro de la afabilidad democrática; ya nadie podría recordarle al nuevo gobierno su compromiso con la subsidiaridad.

¿Pero realmente es así?

Después de vivir mi duelo, ya no lo creo. Mi fe, que es la misma que él tenía, me dice que hay una comunión de los santos, y que esa comunión en la que ahora ha ingresado, esa doble cadena, como decía Charles Péguy, que desciende desde Cristo hasta el último de los pecadores y asciende de pecador en pecador hasta la gloria de Cristo, le permitirá estar aquí para recordarnos el justo sitio de la economía en relación con la política y de la política en el mundo de lo humano.

Esa misma fe me enseña que un día, cuando también a mí me toque comparecer ante el Misterio, me sentaré con él en la mesa de la bienaventuranza eterna y volveremos a compartir nuestra amistad.

Hasta entonces, Carlos.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés.

Proceso 1247, 25 de septiembre de 2000.