Héctor Aguilar Camín


Hay muertes que se penan en plural, como si se perdieran muchas vidas en la desaparición de una sola. Yo he penado así la muerte de Carlos Castillo Peraza, como si hubiera perdido de un golpe a varios amigos, además de a este yucateco entrañable y múltiple cuyo adiós inesperado se extiende cada día sobre un territorio mayor de mi memoria.

Carlos Castillo era varias personas a la vez, una conjunción extravagante, en muchos sentidos fantástica, de dones, secretos y saberes. Con cada faceta de Carlos Castillo habría podido tenerse una conversación de toda la vida. Con el periodista o con el político, con el católico profundo o con el filósofo, con el pecador promedio o con el teólogo, con el lector insaciable o con el aficionado enciclopédico al beisbol.

Era un amigo de fondo, incondicional cuando había que serlo, inteligente siempre donde cuenta, que es en el corazón, cuidadoso y atento a los detalles. Las virtudes esenciales de su amistad tenían los arreos mundanos de un conversador inspirado, lleno de historias, humor y elocuencia, de memoria infalible, sarcasmo sacrílego, y una sintaxis oral de cláusulas que parecían leídas mientras eran dichas.

Era una periodista nato, prolífico en todos los géneros de las salas de redacción, pero en muy pocos de sus vicios. Tenía con la profesión periodística un litigio tenaz de maestro indignado con la miopía natural o interesada de tantos practicantes del oficio. Odiaba la imprecisión, la ignorancia que se ignora a sí misma, las preguntas huecas políticamente correctas, el radicalismo de sala de prensa, el ataque por encargo vestido de independencia, la corrupción monetaria y la corrupción del lugar común. Solía decir: “Las únicas noticias duras que se publican en la prensa mexicana son los resultados deportivos”.

De todas las cosas públicas que Castillo emprendió en su vida sólo careció de talento para ser candidato. Fue mal candidato por las buenas razones. No cedió a la concesión primera de un buen candidato que es decirle a los medios lo que quieren oír. Castillo se dedicó a decir lo que pensaba. Y lo que pensaba no era halagador para los votantes ni para los medios. Los medios lo hicieron el blanco de su ira y los votantes fueron a buscar en otro candidato lo que querían oír.

Por las mismas razones que fue un mal candidato, fue un gran parlamentario y un extraordinario jefe de su partido, Acción Nacional. Porque en esas funciones su trabajo era defender lo que creía, fuera o no del gusto de la galería, y mejor si era del disgusto, pues la galería de aquellos tiempos era abrumadoramente favorable a sus adversarios políticos, y la lucha por la democracia desde el PAN parecía una “brega de eternidad” minoritaria, arrinconada, marginal. Reconózcase en Vicente Fox al triunfador de la democracia y la alternancia mexicanas; pero en Castillo Peraza y sus congéneres del PAN, a sus más viejos y tenaces constructores durante largos años de desierto.

Era un hombre político, en el doble sentido de que vivía atento a los asuntos de la polis y actuaba para influir en ella, dispuesto no sólo a decir sino a hacer, a tomar los riesgos de la vida práctica y del fragor de las batallas políticas. La dolencia mayor que aquejaba su medio siglo de vida no era el mal cardiaco invisible que se lo llevó en un espasmo nocturno, sino una lesión de la columna a resultas de una paliza que recibió de golpeadores priistas en una contienda electoral, cuando la democracia era un asunto que había que defender a puñetazos, con la certidumbre absoluta de que sería derrotado.

Castillo era también un teólogo descalzo, al que no le faltaban los refinamientos de la más impenetrable teología. Su dios era un asunto personal e irreductible, lo trataba dentro de sí con fervor de pueblo llano y con altas reverencias metafísicas. En materia de religión, tenía fe de carbonero y vestiduras de
teólogo. Los pies descalzos bajo aquella indumentaria eran el verdadero mensaje de la sencillez desnuda e irrevocable de su fe.

De sus labios escuché la más profunda y divertida solución para la guerra a muerte que la Iglesia Católica sostiene entre los pecados capitales y las virtudes cardinales. Según el guión de esa guerra, cada virtud teologal debe derrotar al pecado capital de su incumbencia. La castidad debe vencer a la lujuria, la paciencia a la ira, la diligencia a la pereza, la largueza a la avaricia, la templanza a la gula, la humildad a la soberbia, la caridad a la envidia.

Castillo sugería una ética menos guerrera. Siendo las virtudes cardinales tan difíciles de alcanzar, decía, acaso baste, para ser un católico digno a los ojos de dios, con tener en buen equilibrio los propios pecados capitales, de modo que la pereza disminuya la lujuria y la lujuria a la pereza, la avaricia temple al goloso y la gula haga gastar un poco al avaro, la soberbia atempere al envidioso y la envidia muestre sus límites al soberbio.

“Eminente polígrafo”, solía decirle a Carlos Castillo Peraza cuando le contestaba el teléfono, lo encontraba en un restaurante o le daba la bienvenida en mi casa. Lo decía con la misma grandilocuencia irónica con que algún viejo dramaturgo yucateco se dirigía a sus colegas empleando esa misma fórmula, feliz destilación de la elocuencia esdrújula y el humor de triple fondo peculiar de la inteligencia yucateca.

Pienso ahora, mientras lo recuerdo, que Castillo acaso fuera, sobre todas, las cosas un escritor, un hombre atado a la máquina de escribir con una pasión adictiva y un ejercicio continuo; un molino incesante que echaba escritos al mundo como los echan los periodistas, para que los devoren los días. Los de Castillo fueron papeles de todas las clases que miran a todos los rumbos. Salvo excepciones, no les dio él la forma de libros. Entre las penas que me va dejando su partida tengo dos consuelos. El primero es que la muerte le dio el trato de los héroes: una muerte prematura y súbita. El segundo es que el escritor ha quedado ahí, disperso en su montaña de papeles, para que quienes nos negamos a su partida, podamos ordenarlo, revivirlo y encontrarlo de nuevo.

Proceso 1246, 18 de septiembre de 2000.