Juan José Hinojosa


El sábado 9 murió en Alemania Carlos Castillo Peraza. Su muerte fue injusta por prematura, tenía apenas 53 años y era portador de un rico bagaje de talento, inquietud, cultura y un propósito renovado cada día para enriquecer a su prójimo más próximo, siempre abundante, con el mensaje transparente, honrado, maduro, semilla fértil que encontró en los corazones y voluntad de sus seguidores la respuesta multiplicadora de la buena siembra.

Su vocación de servicio se inicia desde su juventud. A los 21 años, dicen quienes conocen su espléndida biografía, ya era presidente de la Acción Católica de la Juventud Mexicana, ACJM en sus siglas identificadoras. Fue en su tiempo, y más distante en el mío, una asociación moderna, cerrada al dogma, a la intolerancia, a la vanidad, abierta al entendimiento, la comprensión, el diálogo, la cultura y la fe. La ACJM fue, durante décadas, fértil almácigo para la formación de jóvenes cabales, liderazgos valiosos, que destacaron en las tareas políticas sociales ordenadas a la edificación de la democracia, la libertad, el bien común, la tranquila convivencia en el orden.

Muy joven se incorporó a la militancia en el PAN; desde su ingreso destacó por su cultura, doctorado en filosofía, su fe inquebrantable en la fundación y el destino del partido, fundó un instituto para la formación de líderes y la cosecha enriqueció la aportación del PAN a la edificación de la democracia en México; con carrera brillante ascendió en el organigrama del PAN y llegó por méritos indiscutibles a la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional.

El mérito de Carlos Castillo Peraza durante su tránsito sobre el vértice del poder partidario fue, y así lo reconocen sus discípulos y seguidores, su capacidad para adecuar la estrategia del PAN a los nuevos tiempos de la realidad política nacional. Anclado en la doctrina, en el pensamiento de los padres fundadores, Felipe Calderón Hinojosa dice de Castillo Peraza que “fue el verdadero ideólogo de la transición política mexicana e impulsó al interior del PAN la estrategia del diálogo y la negociación. Esa política incomprendida durante mucho tiempo fue la que finalmente te hizo que México fuera democrático”. Y remata con una frase muy densa de gratitudes, reconocimientos y panismo: “Castillo Peraza será uno de los presidentes del PAN más brillantes en la historia partidaria”.

En 1997 una derrota electoral sacude vida, conciencia y militancia política. Se lanza candidato por el PAN a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal y pierde la elección. En la vida personal, victorias y derrotas disparan al examen de conciencia. En la historia y la palabra milenaria hay un instante desgarrador: “Padre, si es posible aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. En la vida cotidiana, en mayor o menor intensidad y medida, los hombres, hijos de Dios, enfrentamos la crisis de la vocación y el destino. Castillo Peraza la sufre, la analiza, y en la decisión la resuelve: “la muerte de mi querido y admirado amigo, Octavio Paz, me ha puesto de nuevo y mucho más radicalmente que otras veces frente a una antigua disyuntiva estrictamente personal: la de optar entre la vida intelectual fuera de toda militancia partidista y la pertenencia a Acción Nacional. He decidido retomar definitivamente mi ruta original y consagrarme única y exclusivamente al trabajo que considero específicamente mío durante el tiempo que Dios me conceda aún de vida. He tomado, por tanto, la decisión de retirarme de la vida política partidista, he decidido tomar la ruta en solitario para no comprometer al PAN en juicios, opiniones ni puntos de vista”.

Fue muy corto el tiempo que Dios le concedió de vida después de la decisión del retiro de la vida que transita sobre la militancia partidaria. Durante ese corto tiempo, Castillo Peraza fue devotamente fiel a la palabra empeñada. Consagró su tiempo a la vida intelectual, reconstruyó caminos, escenarios, prójimos, próximo a la vieja vocación transitoriamente abandonada, huyó de las candilejas, participó en programas de televisión al lado de talentos y honestidades intelectuales identificados plenamente con su talento y vocación. En la hora de la muerte ha sido sorpresivamente impactante la lista de instituciones y personas que se duelen de su ausencia terrenal, y, en la suma, el inventario de una vida intensa consagrada a la vieja y amada vocación: la vida intelectual.

Durante ese breve tiempo, el tiempo que Dios le concedió aún de vida, Carlos fue fiel al compromiso, se retiró del PAN y mantuvo intacta su hombría de bien. Vivió, y es seguro que también sufrió los meses del torbellino electoral, las vacaciones a la doctrina, los bienes tangibles y el desprecio a la fuente que los nutre y vivifica, el desamor partidario, la prevalencia de los amigos anecdóticos, compañeros de viaje, sobre la epopeya de los panistas militantes, el renacer del caudillo sobre la palabra que alienta y vivifica: y sobre esta piedra edificaré la democracia.

Vivió el deslumbramiento del 2 de julio, el PAN al poder, la alternancia, los 46 senadores, los 207 diputados, la alegría de los jóvenes, instante de cosecha largamente anhelada, el recuerdo agradecido a los fundadores que abrieron los caminos, mantuvieron encendida la fe y fortalecida la esperanza. En ese instante, los panistas de la fundación cabalgamos jubilosos sobre los recuerdos transformados en estrellas relucientes, en certidumbres de meta alcanzada, en el repaso de la siembra, en la madurez de la cosecha en el gozo de la troje rebosante. Y en el repaso, la presencia de Carlos, su vida consagrada a la edificación de la democracia, su tránsito sobre la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional, los jalones que dio a la historia para llevarla a la cumbre de los sueños realizados, la conjugación de la estrategia siempre subordinada a la doctrina y la renovación de los votos para continuar sin prisas, sin descansos, la brega de eternidad, para dar a la democracia fortaleza, contenido y horizonte.

Carlos fue durante varios años mi vecino cercano y admirado en la sección de análisis de Proceso, gozaba sus artículos, su devoción cuidadosa por la forma, su profundidad en el fondo, sus contrastes entre el buen humor, la tachuela punzante, el tiro certero, la picardía cargada de intención y su amarre permanente a los principios, a la doctrina, a su propia raíz. Mi vecino se adelantó en el viaje, no es que haya muerto, se fue antes, y desde el corazón, el hasta pronto en la certidumbre del reencuentro en el Reino de las Bienaventuranzas.